DOS TIPOS DE HAMBRE
(Pensando pensamientos, como decía una amiga)
Por estos días, en mi quehacer cotidiano, he vislumbrado una situación latente que debería ser combatida con firmeza por nuestros dirigentes: el hambre. Me he puesto a pensar que, mientras a mi aula de clase diariamente llegan niños con la única motivación de obtener un desayuno escolar —que para muchos de ellos representa el único alimento del día— para intentar derrotar al hambre física, a otros personajes, aprovechando esta coyuntura, se les despierta de manera increíble otro tipo de carencia: el hambre de enriquecerse.
¿Cuántas polémicas se han derivado por los manejos inadecuados de los programas gubernamentales que se diseñan con la sana intención de favorecer a la niñez y, sobre todo, a las clases más desprotegidas? ¿Cuántas familias matriculan a sus hijos motivadas, en alto grado, porque recibirán unos alimentos diariamente, dejando la parte académica en un segundo plano? ¿Qué explicación clara y creíble puede justificar que llevemos 11 días (al 28 de septiembre) sin servicio de restaurantes escolares y que parezca que así terminaremos el año escolar?
¿Será que, a través del hambre que padecen miles de niños, aumenta también desmedidamente la codicia de unos cuantos, al punto de ser capaces de «peluquear a un calvo» y cobrarle el triple? (El que lo entendió, lo entendió).
Lo particular de todo esto es, una vez más, la cómplice pasividad de un gran conglomerado de personas que, ante atropellos a lo más preciado de una sociedad como son los niños, no se pronuncian ni para bien ni para mal. ¿Qué está pasando?
Son interrogantes que me persiguen a diario. Y mientras espero, casi utópicamente, una solución institucional, solo me queda acudir a mis exalumnos, amigos y familiares, quienes se solidarizan con mis campañas en pro de la niñez (al menos con los de mi sede). Esta vez, la meta es conseguirles meriendas escolares para que puedan estudiar sin hambre y rematar el año escolar soñando con un mundo mejor y más justo.


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